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Noticias recientes en orden a este asunto como la presunta agresión de un padre al jefe de estudios y una directora de un colegio en Vallecas, la declaración de Esperanza Aguirre anunciando que en Madrid este tipo de conductas serán siempre consideradas como delito de atentado y no falta, o las inquietantes y frecuentes imágenes grabadas con teléfono móvil ( práctica de moda) de profesores agredidos o humillados por alumnos a su cargo, revelan esta problemática que bien merece una reflexión profunda de todos ( clase política y ciudadanos) pues, a mi modo de ver, nos hallamos ante un problema de profundo calado en la sociedad actual y cuyas consecuencias se verán agravadas en los próximos años si no se pone remedio.

 

Antes de analizar lo que jurídicamente puede suponer este tipo de conductas, conviene dejar claro que éstas derivan, en mi opinión, de una quiebra de principios tan básicos como el respeto a la autoridad en general; lo lamentable es que treinta años de democracia no hayan sido aún suficientes para eliminar la perniciosa asociación de algunos términos con el franquismo y si se cita a España como nación o se habla de principios o de valores o de respeto a la autoridad, probablemente se tachará a quien lo diga de fascista.

Tan es así que en el ámbito educativo que es el que hoy nos ocupa, el profesor pasó de ser una figura con exceso de facultades y de practicar hasta castigos físicos (algo, por supuesto, inaceptable) a ser un “amigo” del alumno cada vez con menos herramientas para infundir respeto. Ello unido a que los padres tampoco tienen muchas posibilidades de corregir a sus hijos que, a este paso, impondrán a los padres qué es lo que deben o no deben hacer so pena de denunciarlos por mal trato físico o psíquico, nos ha llevado a esta paradójica situación en la que algunos alumnos, con absoluta impunidad, bajan los pantalones en plena clase a sus profesores con los aplausos y risas de sus compañeros, atienden sus llamadas o llaman desde su móvil mientras el profesor se esfuerza en explicarles una ecuación o señalarles en el mapa dónde se halla Egipto y, para rematar la faena, si maestro o maestra se atreven a adoptar alguna medida contra el menor en cuestión (tan grave como reprenderle o expulsarle de la clase que nada le interesa) probablemente sufrirá los improperios o los golpes de unos padres que desahogarán sus frustraciones contra aquel que se atreve a corregir a sus hijos.

Publicado por: Rafael Francisco Diéguez - Abogado

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