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Nunca como hasta ahora nuestras vergüenzas habían quedado tan expuestas y, día tras día, salen a luz escandalosos asuntos en los que este o aquel cargo político, asimilado o arrimado se ha beneficiado personalmente del puesto que desempeña o, más que por ser quien es, por conocer a quien conoce.

Este virus contra el que no se ha diseñado ni traje de protección ni protocolo eficaz, se propaga por toda la geografía de norte a sur y de derecha a izquierda, pasando por el centro y está evidenciando algo más que casos sonados y llamativos pero puntuales de inmoralidad personal de algunos que se ocupan de la “cosa pública”; en realidad lo que se hace público es un secreto a voces: el cómo han funcionado y funcionan las cosas en nuestra sociedad: si sales en la foto, se te abren las puertas hasta de un palacio y llenarás tus bolsillos a cambio de promesas, y si no, que le pregunten a nuestro pequeño Nicolás; si llegas a alcalde o a consejero y te parece poco el sueldo que tú mismo te asignes siempre podrás “dejarte querer” por alguna empresa que se encargue de iluminar las calles con ¿ahorro? de costes.

Antes el dinero sucio envolvía ladrillos y ahora descansa a la tenue luz de la bombilla de bajo consumo de una farola innecesaria. Una asociación progresista de jueces ha formulado una demanda pionera por la que se denuncia la palmaria falta de medios de los órganos judiciales de nuestro país, una carencia que se traduce en años y años de instrucción entre montañas y montañas de documentos y que afecta, especialmente, a estos escandalosos casos de corrupción que, como éste, acabará siendo juzgado cuando ya nadie se acuerde de quien era ese tal Granados.

Que el hartazgo se traduzca en un cambio real y que cuando volvamos a tener los estómagos llenos, cuando se acabe, de verdad, la crisis económica, no volvamos a dar la espalda a estos asuntos y a asumir que mangoneo y política son términos sinónimos.

 

Publicado por: Rafael Francisco Diéguez - Abogado

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