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Derecho de Familia

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Tras años de experiencia en escuchar a diario a personas con problemas de todo tipo se desarrolla una cierta habilidad en analizar el problema en su conjunto y en anticipar posibles soluciones jurídicas pero atendiendo a todas las circunstancias concurrentes y, en especial, a la situación anímica del cliente, su edad, sus circunstancias socio-económicas, etc. y casos especiales por sus circunstancias son los casos de violencia de género.

 

Estoy convencido de que toda persona que acude a mi despacho no busca la mejor solución jurídica sino resolver su problema en la forma que más le convenga. Esto es especialmente evidente en los casos de familia en los que la obtención de una pensión alimenticia o compensatoria algo más elevada en una sentencia y tras un proceso contencioso no compensa, en ocasiones, la mayor duración, coste económico y la falta de resolución de otros problemas (como pactos de venta de bienes comunes, por ejemplo) que en un convenio podía haberse regulado “a medida”.

El factor fundamental en este tipo de situaciones es el propio cliente y su capacidad de tomar decisiones: la de pleitear o la de transigir, teniendo en cuenta, además, que su decisión va a condicionar su vida durante mucho tiempo o para siempre.

La decisión ha de ser racional y tras un proceso de entendimiento de las consecuencias, jurídicas y de todo tipo, que se van a derivar de aquella.

Todos esos años de experiencia no me han hecho superar la frustración y un cierto grado de impotencia cuando una mujer víctima de una prolongada situación de violencia de género acude a mi despacho para “informarse” o para “divorciarse pero por las buenas”. Casi desde el primer momento intuyo lo que va a venir después porque la cara, en estos casos, es el espejo de un alma destruida; empleo el verbo intuir porque solo a través de las preguntas típicas acerca de hijos, de la convivencia en sí, etc… va asomando la verdad de una pesadilla prolongada en el tiempo y consentida por miedo y por la falta de implicación y preocupación de familiares y allegados; llantos, más miedo a las consecuencias de romper la convivencia y, en general, un “bloqueo” incompatible con tomar ninguna decisión me hacen aconsejar, en numerosas ocasiones a la víctima, salvo casos flagrantes, que inicie un proceso de fortalecimiento con tratamiento psicológico y/o psiquiátrico y en centros de atención especializados que la respalden y asesoren en su decisión de denunciar el delito

 

Cuando la víctima sale de mi despacho no puedo evitar una sensación de tristeza y de preocupación por alguien a quien no he podido ayudar.

Publicado por: Rafael Francisco Diéguez - Abogado

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