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Con el comienzo de siglo inicié mi andadura profesional como abogado en Parla, cuando la sede de los juzgados se hallaban en lo que es ahora la Oficina Municipal de Gestión Tributaria. A las puertas de 2020 y con la ilusión que supone el continuar nuestro proyecto en un nuevo despacho, he sentido la necesidad de de plasmar una breve reflexión, a modo de balance y de esperanza para el futuro.

En pleno e incipiente debate sobre los efectos de la expansión de la robótica y de cómo afectará a las personas la progresiva sustitución de éstas por robots tengo bastante claro que hay profesiones que no podrían desempeñarse por máquinas por muy precisas y fiables que éstas sean; por ejemplo, la abogacía.

Es en este periodo navideño cuando más se intensifica mi sensación de servir de ayuda a personas que acuden al despacho en busca de soluciones y, a menudo, desesperadas por enfrentarse a situaciones que son terremotos en su vida (divorcios, herencias, accidentes, despidos…).

El agradecimiento que muchas de estas personas, año tras año, me muestran pasándose a felicitarnos las fiestas u obsequiándonos con detalles (normalmente, delicias para el paladar) me hace sentirme muy agradecido a estas personas que, incluso habiendo transcurrido años desde el cierre de su expediente, siguen acordándose de ti y de tu trabajo.

También agradezco a esta profesión la oportunidad que me da de cogerle el pulso a la sociedad y de evolucionar con ella, a través de los casos que se nos plantean que no dejan de ser un reflejo de los vertiginosos cambios que se vienen produciendo en estos años y que se seguirán produciendo en los venideros.

Hablaba de esperanza para el futuro y me refería a seguir sintiendo que eres de ayuda, que esa persona que viene con la cara desencajada y a la que le han hablado de ti o ha leído comentarios de clientes agradecidos, sale de tu despacho con algo más de alivio y sintiendo que ya no está solo.

Eso solo se consigue a través de sentimientos puramente humanos: escucha y empatía y la solución no depende de la aplicación automática de un algoritmo sino de matices, los matices de cada caso, que es un mundo y que solo pueden identificarse desde la carne y el hueso.

Muchísimas gracias por la confianza y gratitud que siento a diario.

Publicado por: Rafael Francisco Diéguez - Abogado

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